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La previa

El 13 de Octubre del 2013, cuando cruzaba la meta de la Maratón de Buenos Aires, y fallaba estrepitosamente en mi intento de tener el tiempo para clasificar a la Maratón de Boston (necesitaba un 3:04:59, y llegué en 3:22:39), lo primero que pensé fue en abandonar este deporte desgraciado e ingrato, que a veces puede ser el de las carreras de fondo, de forma impostergable e inmediata.

El sentimiento de impotencia fue muy grande al haber estado tan lejos de mis objetivos.

Pero siempre el espíritu de fondista amateur, cachañero y porfiado vuelve a nacer como el Ave Fénix. Al par de horas, y ya habiendo abrazado a mi familia en Santiago (fue un viaje express que pueden revivir en el race report de Cristián Hassen), pensaba en no tomar decisiones en caliente, y darle un par de días para que la frustración pase, y le dé espacio a las decisiones más racionales y objetivas.

Me parece que fue la semana subsiguiente, volviendo a los entrenamientos matutinos, cuando me entero que la mayoría de mis compañeros de entrenamiento quería correr Santiago, en sus distintas distancias. La verdad es que fue poco el tiempo que me tomé para plantearme un objetivo razonable, pero también atrevido y chovinista. Clasificar a la Maratón de Boston en mi tierra, en la Maratón de Santiago, y hacerlo gritando en la meta un “¡Viva Chile Mierda!”. El objetivo no era racionalmente el más fácil (el perfil de elevación de Santiago es bien complicado), pero la visión del objetivo, junto con el impulso emocional que me entregaba el hecho de clasificar en Chile, me daba una motivación extra.

Aunque correr en Santiago con el componente emocional que eso significa, era una motivación, también era un desafío dado el componente de elevación del circuito, con muchas pendientes negativas y positivas en su transcurso.

Hice, ayudado por la Magdalena mi hermana y Marc mi cuñado, un cuidadoso plan kilómetro a kilómetro, disminuyendo la velocidad en los kilómetros con pendiente positiva, y aumentándola en los kilómetros con pendiente negativa (un 3% por cada 1% de pendiente para los ascensos, y un 1% por cada 1% de pendiente para los descensos), y además, un Split negativo de 1 minuto. Eso resultó en una pulsera que imprimí y que usé como referencia durante todo el trayecto.

Además, para mis entrenamientos, obviamente tenía que cambiar mi estrategia y hacer un esfuerzo adicional para llegar en excelente forma física y mental.  Habría sido una tontera plantearse el mismo objetivo, y repetir los mismos errores 2 veces. Tomé 2 grandes decisiones que dibujaron mis meses de entrenamiento desde diciembre en adelante:

-Entrenar de forma conservadora, pero sin saltarse absolutamente ningún entrenamiento, pero hacer repeticiones y cambios de ritmo de la muerte cuando el cuerpo me dejara (por consejo del gran Tomás Vergara).

-A propósito de un par de artículos que había leído, decidí optar por abstinencia total de alcohol, todo indica que cualquier grado de alcohol evita la correcta irrigación muscular, y con esto la recuperación muscular. Si quería entrenar en un 101% tenía que poder recuperarme rápido.

Transcurrieron los días, los entrenamientos, y todo fue funcionando de acuerdo a lo planeado, las repeticiones, entrenamientos potentes y buena capacidad de recuperación, que permitían muy pocos dolores y ninguna lesión (algunas contracturas pero nada de peso). El sacrificio parecía estar entregando recompensas. Las repeticiones de 400 mts. que hace pocos meses salían con dificultad a 1:30, ya estaban saliendo a 1:20 e incluso a 1:18 o 1:15. Fundamental en mantener la constancia y el sacrificio fue el consejo y “las riendas” que siempre entrega Mauricio. El consejo para seguir adelante y las riendas para cuando te entusiasmas demasiado.

El gran día.

En general los días grandiosos parten como todos los días. El sol aparece detrás de los mismos cerros, tu señora al mismo lado de la cama, y la Leonor en su misma cuna.

Es uno el que con voluntad y gracias al amor por lo que haces, y el amor de las personas que te rodean, el que puede transformar un día común y corriente bajo el cielo de Santiago, en un día grande, yo estaba decidido a que el 6 de abril iba a ser un día grande, si Dios y mis piernas lo permitían.

Eso pensaba mientras me levantaba a las 4:45 AM, como lo había planeado, y veía la cabeza chascona de la Trini a mi lado y admirándola por soportar al marido obsesivo levantarse de nuevo junto con las gallinas para azotarse en las calles de Santiago.

A las 5AM ya estaba vestido y tomando desayuno, y esperando a Jaime Moreno, quien llegaría puntualmente a las 6:45 para ir al lugar de largada en La Moneda. Aproveché de hacer hora viendo documentales de OVNIs en el Discovery Channel (los únicos disponibles a esa hora), y visualizando las horas venideras, truco que me enseñaron para reducir un poco la ansiedad.

Ya a las 7AM estábamos estacionados y caminando con Jaime hacia el punto de encuentro con el Club. El lugar de encuentro fue especial para seguir motivándose. La plaza de la Constitución se encontraba envuelta en una neblina sobre  la cual se proyectaban las luces de la Torre Entel y de los escenarios, llenando la atmósfera de colores, y de una mística que personalmente estaba buscando para esta carrera, con La Moneda envuelta en niebla y el cielo cambiando de colores, podías desde ese lugar admirar el país en el que vives.

A la hora de la largada, y ya encajonado, lamentablemente no pude juntarme con Cristián Hassen, con el que habíamos planificado hacer la primera mitad de la carrera juntos, pero al que una serie de “infortunios” lo llevaron a retrasarse y quedar encajonado algo más atrás. Luego de una espera fría y con mucha ansiedad, finalmente llegaba nuestro turno, a las 8:20 y con algo de retraso largaba finalmente la gran Maratón de Santiago.

Los primeros kilómetros en bajada fueron un poco más rápido de lo planificados, pero bastante contenidos para lo que son generalmente mis largadas, avanzamos en una masa de ritmo bastante parejo hasta el Club Hípico y de ahí se desgranó un poco el grupo para subir por Av. Matta con mucho más calma y regularidad. En el kilómetro 9 viene el primer gran sobresalto cuando veo aparecer por mi lado derecho al gran Hassen que se encontraba algo sacudido, luego de haber perdido el bus, y contando alguna anécdota que no logré captar muy bien acerca de la pérdida de la señal de su reloj GPS. En fin, fue un gusto haberse encontrado con él, seguimos avanzando y trabajando en conjunto la carrera, regulando los tiempos y apretando un poco cuando era meritorio, y comentando alguna que otra anécdota para distraerse un poco. La temperatura seguía siendo ideal y los kilómetros pasaban de gran forma. Alrededor del kilómetro 15 nos encontramos con otro grande, el J, que venía a buen ritmo, y con el que compartimos un par de kilómetros hasta que decidió ir un poco más atrás.

Entre el kilómetro 15 y el 19, que es el trayecto en bajada de Los Leones  y Allesandri, fuimos algo más rápido que lo planificado, recuperando también algunos segundos perdidos en la difícil subida de Matta.

Hacia el kilómetro 20 y ya entrando al 21 Cristián quedó algo más atrás, y yo algo preocupado porque sabía que luego empezaba el trayecto endemoniado de Vespucio, de hecho, entre la Rotonda Grecia y el kilómetro 25 tuve mis kilómetros más difíciles, es un trayecto muy solitario, y la verdad es que no es la mejor cara posible de nuestra ciudad. Volví a ocupar algunos trucos que he aprendido.

Sabía que la Trini y la Leonor y mi suegro, Don Gustavo, iban a estar cerca del kilómetro 29, sabía que algunos amigos podían estar en Avenida Colón. Los imaginé, a mis amigos cagados de la risa, la cara de la Leonor, eso me motivó, volví a meterme en la carrera y en el ritmo presupuestados.

Llegando a Colón, a un ritmo medio de 4:23 min/km ya me encontraba rearmado psicológicamente y con mucha fuerza todavía en las piernas, mi plan de tomar isotónico en vez de agua, y geles en el km 10 y 20 había servido para evitar el encuentro con el muro por falta de glucosa.

En Vespucio con Martín de Zamora me encontré con mi padre, que ha corrido más de 40 maratones y que me acompañó en bicicleta hasta el final, entregando toda su experiencia cuando la necesitaba.

En Vespucio con Del Inca me encontré con la Trini y con la Leonor, mi hija, juntas con mi suegro. Nuevamente un componente emocional que me motivó a seguir en estos kilómetros complicados.

En Apoquindo, y como lo habíamos planificado, me encontré con Marc, quien me ayudó en la estrategia de los kilómetros finales en donde mi cerebro empieza a fallar y en donde yo sabía que podía confiar en Marc y su capacidad para sostener un ritmo, y calcular el tiempo en el que íbamos a llegar a la meta.

El trayecto entre Apoquindo y Francisco de Aguirre fue algo complicado,  pero pudimos sostener el ritmo, incluso algo tuvimos que apretar, ante la sospecha de que la maratón podía estar mal medida y de que íbamos 40 segundos por atrás del plan (si era así, quedaba casi afuera de Boston, porque mi programa era para llegar en 3:04:15). Al llegar a Luis Carrera, una nueva sorpresa, mi mamá junto con mi hermana Magdalena estaban ahí, en el punto de más altitud de la carrera, sus gritos fueron como un empujón para empezar a trabajar camino abajo por Escrivá de Balaguer.

De ahí para abajo, se acabaron un poco las ideas y las estrategias. Me sentía con fuerza y con confianza, había estado con toda mi familia, y me acompañaban Marc y mi Papá, desde Luis Carrera hasta La Moneda se trató de apalear kilómetros. Marc, a pesar de que seguía con la desconfianza de ir unos metros más atrás, insistía en que mantuviéramos el ritmo, porque hacíamos algunos kilómetros a 4:08 o 4:11, muy por debajo del plan. Yo estaba confiado de que iba a aguantar, me sentía como nunca, aunque de boca para afuera le decía a Marc y a mi Papá que mi idea era mantener el plan.

Desde el kilómetro 32 en adelante se trató solamente de pasar gente y avanzar. Llegando a Providencia y con la perspectiva que entrega esa calle hacia abajo, junto con las 3 pistas cerradas para correr, la confianza aumentaba todavía más, mi padre, que sabe mucho, me decía que no era necesario ir tan rápido, que podía descontar al final, uno es más bruto y arriesgado y seguía apretando ya lanzado y sin pensar mucho detrás de mi objetivo.

Dejando atrás la Plaza Italia la confianza era total, mi viejo me dio pasaporte definitivo para lanzarme, y Marc me espoleaba diciéndome “al fondo está Boston”, volvían los recuerdos del pelo chascón de la Trini en la mañana, de la cara de la Leonor en Del Inca con Vespucio, de los gritos de la Maida y mi mamá en Vespucio, de los chascarros del gran Hassen,  y le METÍ. El kilómetro 42 fue endemoniado, a 4:00 min/km, y una vez con la meta en la vista, con Boston en la cabeza, hice un sprint, pero como nunca las cosas son como en las películas, y uno no es Zatopek ni Prefontaine, sentí algunos pinchazos y tuve que volver a un ritmo normal, marcando en mi reloj 3:03:25 al cruzar la meta…..¡Viva Chile Mierda!

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