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Maratón de Viña 2013 –  (3:00:41)

 

 

Llegamos temprano el sábado a Reñaca, literalmente una hora antes por el cambio de hora que no debería haber sido. Nos tratamos de convencer con la Maida, Carlos y la Pao que no es tan terrible y nos reímos contando anécdotas entre nosotros y de lo mucho que creímos haber dormido sin interrupción hasta las 4:20am. La Maida me acompañó en bicicleta y Carlos corrió 30k aprovechando el circuito preparándose para la maratón de NY en Nov, la Pao irá en bici también acompañándonos a ambos.

 

 

En esos momentos reflexiono sobre el para qué correr. Tal vez es la más simple y compleja de las preguntas. Correr es de esas actividades que uno hace porque se siente natural, no porque haya una razón. Lo extraño es que después de correr, siempre queda una experiencia que nos cambia, un proceso de descubrimiento, liberar estrés, encontrarse con uno mismo, comprender mejor a otros y solo a veces entender un poco más el mundo en el que vivimos. Pero para acceder a esta experiencia hay que pasar primero un buen tiempo en “contacto con la tierra” como dirían los keniatas. Tal vez eso le de sentido a los 42km que están por venir.

 

 

Ya en el corral, me sorprende el no estar muy nervioso, al contrario, me siento agradecido por estar en ese punto de partido sano, por los amigos que conocí, las relaciones que fortalecí y por la determinación -y cierta curiosidad- que tenía de saber cómo iba a reaccionar mi cuerpo pasado el km 30.

 

Los primeros kms se sienten como cualquier otro entrenamiento de día sábado, “es otro largo más” me digo,  por lo que mi único foco es mantenerme concentrado y mantener el ritmo que me había propuesto. Gratamente en el km 2 aparece Pablo, compañero y amigo del trabajo que vive en Viña y está ahí en bicicleta. Muy buena sorpresa que sin querer me va marcando el ritmo de manera constante, lo cual me permite admirar el amanecer en Viña y darme cuenta que voy bastante solo en mi ida hacia Valparaíso.

De regreso del primer giro me sorprende la cantidad de gente en Viña entre el 10 y el 20km. El ánimo hace que correr se sienta tan fácil, escucho varios “vamos” y saludos de otros naranjos que pasan, reforzando el sentido de pertenencia de compartir esta locura por el deporte con gente que viene con historias de vida tan distintas. Eso es el deporte pienso, una excusa para conectarse y compartir con otros.

Llegando al km 20 me doy cuenta que he logrado mantener un buen ritmo, por lo que me sigo concentrando en mi postura, respiración y disfrutar de todo lo que está pasando.  La Maida como buena compañera de vida va al lado mío, preocupada y dándome ánimo cuando ve precisamente que lo necesito y preguntándome cómo voy. Invaluables momentos que me refuerzan que este es un viaje que se creó para vivir acompañado.

 

Sigo corriendo y me focalizo en no apurar el paso, pensando en que me espera lo desconocido en 10kms más. Me emociona la pasada por la largada, aproximadamente en el km22,5 donde veo al profe Mauro dándome todo el ánimo del mundo, recuerdo el camino recorrido estos 5 meses y de nuevo siento gratitud por el momento en que me encuentro. Nos damos un golpe de manos y un fuerte “vamos tomi” de parte de Mauro con el que emprendo el rumbo hacia Concón. El contraste entre ese momento y la entrada al tramo Cochoa – Concón es tremendo. Ya no hay euforia de la gente ni de los corredores llegando de sus 21k y 10k, solo yo, el cemento y unos duros 10k hacia el giro en el 32 en la Copec. El único contraste está en el 23km donde están mis suegros, Hernán y Loly, con mi sobrina de 3 años (Marina) que me dan mucho ánimo. Me río- literalmente- al ver que la Marina quiere darme ánimo pero parece no reconocerme y da una vuelta en 360 tratando de encontrarme. Me levanta el espíritu y recuerdo que esto no se trata de resultados, que al final del día esto es un juego que está ahí para ser disfrutado. Me digo que nunca estuve en esto por los tiempos, solo para dar lo máximo en cada entrenamiento y carrera. Pienso sobre el valor del deporte en mi vida, que el deporte es entretención, volver a la niñez y que se puede disfrutar también desde la intensidad, que para lo que algunos es sufrimiento para otros es libertad y propósito donde solo en ese momento, uno se puede conocer, desarrollar y transformarse en mejor persona. Pero para eso me digo hay que tener la valentía de llevarse al límite. En eso estamos me vuelvo a recordar.

 

Giro en Concón en el 32, trato de acelerar con un pequeño cambio de ritmo-algo que siempre hago al girar en las carreras- y siento un calambre en la pantorrilla derecha. Muro me dije. El famoso muro. Trato de convencerme que no es terrible y que es la cabeza ahora que me va a jugar trucos. No sufro todavía pero siento como el cuerpo resiente la carrera recordándome lo imponente del maratón y de que hay que respetarlo. “Te respeto” creo haber pensado. No estoy por el tiempo, pero si voy a luchar a nivel de esfuerzo, vine por ese momento, no para evitarlo. En la dificultad de los calambres cambio un poco la pisada, más corto pero con más frecuencia para evitar esa sensación y parece funcionar. Me olvido de que son 42 y me concentro en mantener el ritmo hasta el 35, me repito que es una carrera de 35 sin guardar mucha energía para lo que viene. En esos kms bajé un poco el ritmo de manera natural (unos 10sgs por km), trato de hidratarme pero me cuesta mucho, la Maida me forzó toda la carrera a hidratarme más y no lo hice con la frecuencia que debería. Ahora sentía el estómago contracturado y cualquier cosa que tomara o comiera lo vomitaría y ahí se acababa la carrera. Trato de compensar con un poco más de líquido en esos kms pero me doy cuenta de que es tarde. Aprendizaje seguro, y a la mala, para el futuro.

 

Entre el 38 y 40 no me acuerdo que pensé ya que no había nada que pensar. La carrera me había llevado a un punto donde era totalmente consciente de mi cuerpo, ahora con los cuádriceps y dos pantorrillas acalambradas y sin manera de hacerles el quite. Bajo aún más el ritmo acá, la Maida y ahora Jota –que estuvo intermitentemente en bici en los momentos justos- se empiezan a acercar y darme ánimo para seguir hasta el final. Aprieto los dientes, agacho la cabeza y me inclino hacia adelante en los últimos 2km. En eso estoy cuando paso por el 41 y veo a la Marina que de nuevo trata de encontrarme, ahora parece verme y sonríe, o al menos creo verla reír, y en esa paradoja de dolor corporal y alegría logro sonreír, miro el reloj y voy al mismo ritmo del km 1. Me motiva el saber que voy fuerte de nuevo. Ya en reñaca luego de durísimos últimos 10 kms lo doy todo para terminar fuerte. Cosa que logro hacer. En la misma llegada me detengo, no tengo ni un resto de energía y no quiero caminar. Gracias a Dios aparece mi gran amigo Charly y me lleva hacia el puesto de agua ya que la posibilidad de desmayo o vómito era posible. En los próximos 30mins me encuentro con todos los amigos que me van a abrazar y felicitar, dentro de tanta confusión me comienzo a sentir mejor, y aparecen las sonrisas de todos. No sé bien qué pensé en esas dos horas post. La emoción es muy fuerte y el orgullo es enorme. Dan ganas de llorar pero ni para eso tengo energía.

 

Al partir de regreso a casa, se acerca un corredor a decirme “te felicito, no sabes lo que me costó sacarte de encima en los últimos 7km, especialmente en el último km, muy buena carrera”.  Con la Maida nos miramos un poco extrañados. En mi cabeza pensaba, “nunca quise competir contigo, te agradezco por ayudarme a mantener el ritmo en esos momentos difíciles, tu sufrimiento en esos últimos 7kms me ayudaron a comprender que no estaba solo y que sin tener que comunicarnos nos podíamos apoyar y trabajar en conjunto. Te vi partir con admiración en el 41 sorprendiéndome al ver como alguien en ese momento podía correr bajo 4min el km y terminar fuerte como lo hiciste, te felicito.” No alcanzo a decir nada, sonrío de vuelta y sigo a casa.

 

Al final del día, termino compartiendo con la familia y almorzando con amigos del Brain Team que también compitieron en las otras distancias. Contando anécdotas, riéndonos como nunca, y hablando de todo menos de la carrera, recordando el verdadero propósito de por qué estoy aquí desde un inicio.

 

Tomás Vergara

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